Elecciones... en Colombia

En el Don Bosco conocemos alumnos de diferentes nacionalidades; también los hay colombianos y, entre ellos, algunos antioqueños. Antes del 20-N, día en que se decidirá -o eso creen los más inocentes- nuestro destino para la próxima legislatura, ha habido elecciones locales y regionales en aquel país devastado durante años por la violencia y que ahora emerge, despacio, pero con ánimo inquebrantable, para darnos lecciones de humildad. Veo los resultados de anoche y descubro, con la satisfacción del "ya lo dije", que Sergio Fajardo, de los Verdes, antiguo alcalde de Medellín, es el nuevo gobernador de Antioquia. Un tipo preparado en el más amplio sentido de la palabra; no hay más que echar un vistazo a su hoja de vida o preguntar en México, adonde fue llamado para exponer sus métodos de lucha contra el narcotráfico y sus ramificaciones.



Escuchando a Fajardo no puedo evitar compararlo con algunos políticos de por acá que, como ciertos actores (¡Caramba, qué coincidencia! dirían Les Luthiers), se manejan con torpeza en la impostura porque no saben hacerlo de otro modo: no dejan escapar un pensamiento -si lo hubiere- sin pasarlo por el tamiz de la simulación, como si estuvieran obligados a posar constantemente, incluso ante sí mismos, y dan por descontado que la naturalidad (en el actor) y la sinceridad (en el político) no son armas con las que puedan seducir al público y al electorado, respectivamente. Creo que se equivocan, incluso si lo único que pretenden es acaparar más centímetros de pantalla. Ambos deberían distinguir la estrategia de la verdad porque es evidente cuándo un papel le sale al histrión desde dentro y cuándo se le queda apenas en los labios, colgando como la colilla de Lucky Luke, solo para la galería. Escuchando a Sergio Fajardo me avergüenzan un poco más los candidatos que se convierten ante el micrófono en parodia de sí mismos al desterrar de su ideario, para urgencias electorales, cualquier atisbo de veracidad, como si fuese pecaminosa, como si en el manual de estilo del perfecto aspirante se hubiera desechado la opción de ser quien es. Os preguntaréis dónde se nota el fingimiento, en qué me baso para sospechar de estos y confiar en aquel. Es una intuición nacida del desencanto: a los de aquí los tenemos más vistos, por eso podemos presumir de escépticos frente a los carteles retocados desde los que se asomarán uno de estos días.

No sé qué tal gobernador compondrá Fajardo, pero no parece una marioneta, al menos no se le ven los hilos, lo que, en un país con el entramado político y social de Colombia, es mucho decir. Ha buscado en su campaña la complicidad de un liberal para la alcaldía (que ha ganado, por cierto); se ha ofrecido a colaborar con el gobierno de Santos, conservador, con tal de sacar adelante al país. Y se muestra capaz de dejar en un segundo plano las cacareadas ideologías, a las que a menudo se recurre solo cuando se trata de fastidiar al prójimo, para establecer vínculos con personas más que con puros políticos, sin que por ello se le caigan la dignidad ni los anillos de la mano izquierda. Y encima
es matemático el caballero, eh Avemaría pues: sabe sumar (es conciliador), restar (no le duelen prendas para luchar contra la corrupción y la delincuencia acomodadas en el poder) y multiplicar (en su labor como alcalde de Medellín amplió considerablemente los recursos para las clases desfavorecidas). Aparenta populismo, dolencia supuestamente enquistada en las sociedades de América Latina que no las deja crecer, como esas enfermedades raras que sufre mucha más gente de la que dicen las estadísticas, pero para mí que no lo padece en realidad.

Pensando en nuestros alumnos colombianos y también en los españoles sorprendidos de que exista vida más allá de los predios manchegos, nos pareció buena idea que en 1º de ESO leyeran "Barro de Medellín", una novelita de Andrés Gómez Cerdá ambientada en la hasta hace poco inhabitable ciudad de la droga, la muerte y la sinrazón. No es que ahora sea Teruel, sin embargo, uno puede transitar por sus calles sin la certeza absoluta de que allí terminarán sus días e incluso subir a las invasiones, barrios marginales que han ido creciendo y extendiéndose por las montañas circundantes a la manera de las favelas brasileñas o las villas miseria bonaerenses. A ellas se accede desde el valle gracias a una apuesta del entonces alcalde Fajardo, el metrocable, y allá arriba, venciendo ese vértigo de sobrevolar sentimientos desconocidos, se halla la Biblioteca España, en el barrio Santo Domingo Savio, adonde los personajes de Cerdá, Camilo y Andrés, viven sus pequeñas aventuras.



Entramos a la biblioteca y nos topamos, literalmente, con niños corriendo a buscar la merienda con que los esperaban sus mamás; con adolescentes conectados a un ordenador, probablemente para chatear, sí, pero alejados por un buen rato de la tentación o la necesidad de delinquir. No somos tan ilusos como para creer que por un medio de transporte innovador y unos cuantos espacios para la cultura se extirparán los tumores de un pueblo herido por el narcotráfico y la obscenidad de los cargos públicos durante décadas; no basta con la cirugía y Fajardo lo sabe, por eso los antioqueños esperan que reanude el tratamiento y confían en su medicina.



Cómo invierta después el crédito que se le otorga es otro cantar. Pasado mañana le imputan un delito relacionado con la guerrilla o con los paramilitares, o lo incluyen en una bacrim, y habré de tragarme mis palabras. Sé que es más fácil ver la paja en la junta directiva de mi comunidad de vecinos que en la del presidente Santos, cuyos desconchados afean un portal ajeno y distante pero, por lo pronto, me alegra que hayan ganado "los míos" aunque sea a diez mil kilómetros de la perplejidad y la angustia, a partes iguales, ante lo que se nos avecina en noviembre. Soy de Fajardo como soy del Barça: me quedan lejos, pero me ilusionan.

1 comentarios:

rOcÏo dijo...

Con políticos como este señor, decidir a quién otorgar nuestro voto sería mucho más fácil.

Dentro de dos semanas son las elecciones generales en nuestro país, mi primera votación, y me parece realmente triste que la única motivación que tengo para votar sea precisamente eso, que es la primera vez.
Los políticos no me convencen, y mucho menos los partidos mayoristas. El año pasado estudiaba en Historia el bipartidismo del siglo XIX y principios del XX; han pasado décadas y parece que todavía estemos estancados en aquellos tiempos.
De todas maneras, ni mi voto ni mis quejas van a cambiar lo que ya es seguro: Rajoy va a ganar (las elecciones, además de mucho dinero), va a poner un año más de Bachillerato (lo que me parece fatal) y no creo que nos saque de la crisis ni antes ni de mejor manera que cualquier otro lo haría.
Por culpa de nuestros dirigentes, la juventud está perdida, desorientada, sin expectativas de futuro ni de voto.

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