No es la vida tan digital como la pintan

La perfección del mundo digital, aséptico, ordenado y sencillo que nos ofrece la tecnología es una aspiración legítima del individuo, que ve cómo la ciencia le facilita la vida. Con la placa de inducción terminamos las lentejas mucho antes y de forma más limpia. Con el mando a distancia -con los cientos de mandos a distancia cuyas teclas, desgastadas, apretamos confundiéndolas con el móvil, o con el fijo, o vaya usted a saber con qué- nos evitamos el penoso crujir de huesos en la banda sonora del paseo hasta la tele, o hasta la puerta del garaje, o hasta la wii. Con el portátil, con el ipad, con el libro electrónico, salimos ligeros de equipaje, no como cuando un compañero mío de carrera al que apodábamos "el listo", que lo era de verdad, sin ironías, arrastraba los dos volúmenes del María Moliner en los vagones del ferrobús en vacaciones de Navidad y el Tirant lo blanc en las de Semana Santa, el pobre, en su afán de conocimiento.

Es cierto, para qué negarlo, la tecnología nos ayuda, es un magnífico instrumento para que nuestra rutina sea más llevadera e incluso más creativa, si es que la rutina admite esa posibilidad. Pero en un mundo tan perfecto no deberían caber la miseria, la obcecación de los poderosos en seguir siéndolo a costa de los desharrapados, el dolor de no sé cuantísimos hombres y mujeres en no sé cuántísimos países del submundo. No debería existir la malaria, pero los laboratorios no están especialmente interesados en comercializar una vacuna que quizá solo sirva a quienes no van a poder pagarla. No deberíamos encontrarnos -gran metáfora esta- a un señor acostado junto a un cajero automático. Un niño de seis, siete u once años que camina kilómetros para aprender a sumar debería tener cerca a un maestro y una escuela calentita en lugar de una mole de desperdicios donde escudriñar buscando alimento o unos zapatos. No quiero parecer hipócrita: babeo con ciertos objetos recién salidos del horno y, si no dispongo ya de ellos, es porque mi sueldo, cada vez más maltratado, no me lo permite. Sin embargo, creo que tengo derecho a preguntarme cuáles deberían ser las prioridades cuando se invierte en investigación. Si sobra el dinero, a buscar la felicidad. Si no hay un chelín, a buscar la supervivencia. ¿Qué opináis?

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